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Una historia de esperanza

Lucien, 3, Haití

Era un sábado 12 de septiembre de 2015, cuando el Padre Rick Frechette y yo llegamos a la clínica San José de las Misioneras de la Caridad (hermanas de la Madre Teresa). Empezamos a lavar, limpiar y aplicar vendas a las heridas de todo tipo en la larga cola de enfermos que esperaban para ser tratados. El Padre Rick, al ser un doctor en medicina, pasó la mayor parte de tiempo visitando niños y diagnosticando enfermedades crónicas como la malaria, desnutrición, tuberculosis, hepatitis, etc. Después de largas horas, apareció un hombre con un niño muy enfermo que colocó ante nosotros. El rostro del Padre Rick se llenó de preocupación al verlo. Me di cuenta de inmediato de lo delgado que estaba el niño, no respondía y su muerte parecía inminente. Probablemente era demasiado tarde. Pero vi en los ojos del Padre Rick un pequeño rayo de esperanza que no tiene sus raíces en la fe. Todas las cosas son posibles, a través de Cristo.

Una de las hermanas, con gran habilidad, administró una vía intravenosa en la vena de Lucien, lo cual supuso un reto ya que parecía no encontrar la vena por la deshidratación severa que sufría el niño. Me impresionó no sólo su habilidad para insertar la aguja en una de las venas de la cabeza del niño, sinó también la atención y compasión que practicaba mientras lo hacía. Se dedicó a rezar a Dios por Lucien con gran devoción.

Una vez insertada la aguja, el Padre Rick exprimió con todas sus fuerzas la botella de suero a fin de fortalecer el fluido de la vía intravenosa a Lucien lo más rápido posible. Si no rehidratábamos al niño en seguida, seguramente moriría. A medida que la bolsa empezó a gotear vida de nuevo en el cuerpo de Lucien, el Padre Rick salió fuera para buscar la forma más rápida de trasladarlo al Hospital Pediátrico St. Damien. Una vez se vació la primera bolsa, miré a Lucien y a su padre con dolor en mi corazón. No hay palabras para describir la escena en la que un padre ve como su bebé se muere delante de él. Me sentía totalmente inútil mientras oraba para que el líquido reviviera a un niño paralizado. Le pregunté al padre de Lucien si había algo más que pudiera hacer, como si realmente tuviera la capacidad de hacer algo. Al momento me di cuenta que hubiera sido mejor no decir nada. Entonces, su padre me preguntó si podía bautizarlo. Me cogió por sorpresa. En realidad era la única cosa que podía hacer. No lo dudé. Tomé un poco de agua en mis manos y oré por Lucien con las hermanas, mientras lo bautizaba. Fue un momento muy emotivo y mi corazón lloraba en silencio a Dios "Él no es sólo tú criatura, ahora es tu hijo. Por favor, ten piedad".

Después del bautismo, el Padre Rick le entregó unos documentos al padre de Lucien y le dijo que no había tiempo que perder y que debían trasladarlo a a nuestro hospital St. Damien inmediatamente. Como el padre no tenía ningún medio de transporte y nuestras ambulancias tardarían horas hasta llegar a recogernos, el Padre Rick le preguntó al padre Hugo Esparza, pasionista de México que nos estaba visitando, si podía acompañarlos al hospital en moto. Imaginaros la escena en motocicleta. Un conductor, un padre con su hijo enfermo, y casi cayéndose por la parte posterior de la moto, un sacerdote sosteniendo una vía intravenosa por encima de su cabeza, mientras nuestro transporte se deslizaba a través de las sinuosas carreteras de Puerto Príncipe, llenas de baches, tráfico, basura y polvo.

Una vez que terminamos de visitar a los otros pacientes, nos dirigimos de nuevo al hospital St. Damien. Entré en la sala de emergencias para ver a Lucien. Estaba pálido e inconsciente, todavía permanecía sentado en una silla debido a que la sala de urgencias estaba llena y no había camas disponibles para otro enfermo, por grave que estuviera. Le pregunté al médico acerca de su condición y me dijo que probablemente moriría en las próximas horas porque padecía una grave septicemia. Miré en los ojos de su padre y vi una mezcla de miedo, desesperación y pérdida. Una vez más, lloré en silencio a Dios, “Lucien se ha convertido hoy en tu hijo amado, por favor ten piedad".

Tras la puesta del sol, regresé a la sala de emergencias y mientras me acercaba, el médico me comentó: "todavía está vivo." Está vez encontré a Lucien en una cama. Su padre permanecía a su lado, agotado y dormido. En silencio, toqué la mano derecha de Lucien y él agarró mi dedo como diciendo: "No te preocupes, voy a seguir adelante y no voy a dejaros."

Unos días más tarde, cuando regresé a la sala de emergencias para comprobar como estaba Lucien, no pude encontrarlo. Mi primer pensamiento fue que había fallecido. Pero Dios tenía otros planes. Lucien había sido trasladado a la sala de desnutrición. Lo encontré en el piso de arriba y esta vez su madre estaba junto a él. Me agarró de nuevo el dedo con fuerza.

Encima de las camas de los niños hospitalizados hay unas tablas donde escribimos los nombres de los pacientes y su fecha de nacimiento. Su tabla decía: “Lucien, 24 de diciembre de 2014”. Nació el día de Navidad. Lucien, el niño que se salvó física y espiritualmente, que no tenía cama a su llegada a nuestra sala de emergencias, y cuya vida es hoy un pequeño milagro, comparte aniversario con Jesús.

Pasé unas semanas sin ver al padre, por lo que pregunté por él y me dijeron que desapareció cuando la madre fue diagnosticada de una enfermedad crónica. Nuestro personal de servicios sociales fue capaz de convencer a la madre de que diera seguimiento a Lucien en nuestra clínica ambulatoria de recuperación nutricional. Aun así, tenían que encontrar un lugar donde vivir. Con él padre ya no se pudo establecer contacto. La abuela de Lucien (la madre de su madre) no quería aceptar a su hija. En parte, debido a la enfermedad crónica que padecía su hija y también debido a que se ocupaba de un niño de cuatro años que su hija había concebido con otro hombre. Estaba decepcionada con su hija y consideraba a Lucien "una maldición".

El 28 de octubre celebramos la fiesta de San Judas Apóstol junto con las Misioneras de la Caridad, y decidimos ir a visitar a la abuela y tratar de convencerla para que aceptase a su hija y a Lucien, con la promesa de proporcionarle alimentos y, posiblemente, algún tipo de trabajo para ayudar a sostenerla económicamente. Nosotros queríamos que la abuela entendiera que Lucien no era ninguna maldición, que no tenía ninguna culpa de su situación personal, que en realidad estaba bendecido porque Dios le había salvado la vida, que su vida era un milagro, y que Dios les cuidaría.

El 3 de noviembre, Sor Dominica, de las Misioneras de la Caridad, se reunió con la abuela de Lucien, que finalmente, tras un largo diálogo aceptó a su hija y a su nieto, a pesar de tener que enfrentarse a importantes retos financieros y culturales. Lucien mejoró mucho los últimos dos meses y estaba en casa. Una vez al mes, él y su madre acuden a nuestra clínica externa para recibir seguimiento. Queremos ayudar a su familia, ofreciéndoles un pequeño negocio de venta de pollos y pescado tilapia producidos por la Fundación St. Luke para NPH Haití. Como podéis ver, vuestro apoyo es imprescindible para nosotros. A través de él, podemos ofrecer salud, educación, agua, alimentos, y crear puestos de trabajo para que las personas vivan con dignidad y puedan cambiar la trayectoria de su vida.

Lucien pasó 57 días en nuestro hospital St. Damien. Es un niño bendecido y quiero expresaros nuestro agradecimiento por vuestras oraciones. Gracias a todos, por favor continuar orando por Lucien y por su familia. Y por tantos niños y mujeres, como Lucien y su madre, que están luchando por sobrevivir y encontrar una mano extendida o un dedo al que aferrarse. Que Dios os bendiga dejando un espacio en nuestro corazón para acoger al niño Jesús.

 

** Escrito por el Padre Enzo Del Brocco

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